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Archive for Libros

más que nunca…

Feb 10
Por: Mario

Ya había publicado con anterioridad este poema de Fernando Pessoa.

Pero es inútil tratar de desprenderme de él.

TABAQUERIA

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
Cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién son
(Y si lo supiesen, ¿qué sabrían?)
Ventanas que dan al misterio de una calle cruzada constantemente por la gente,
Calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
Con el de la muerte que traza manchas húmedas en las paredes,
Con el del destino que conduce al carro de todo por la calle de nada.

Hoy estoy convencido como si supiese la verdad,
Lúcido como su estuviese por morir
Y no tuviese más hermandad con las cosas que la de una despedida,
Y la hilera de trenes de un convoy desfila frente a mí
Y hay un largo silbido
Dentro de mi cráneo
Y hay una sacudida en mis nervios y crujen mis huesos en la arrancada.

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y encontró y olvidó,
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
Y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.

Fallé en todo.
Como no tuve propósito alguno tal vez todo fue nada.
Lo que me enseñaron
Lo eché por la ventana del traspatio.

Ayer fui al campo con grandes propósitos.
Encontré sólo hierbas y árboles
Y la gente que había era igual a la otra.
Dejo la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Qué puedo saber de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser esas mismas cosas que no podemos ser tantos!

¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se creen en sueños genios como yo
Y la historia no recordará, ¿quién sabe?, ni uno,
Y sólo habrá un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En tantos manicomios hay tantos locos con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna ¿puedo estar en lo cierto?
No, en mí no creo.

¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
Genios-para-sí-mismos a esta hora están soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-Sí, de veras altas y nobles y lúcidas-
Quizá realizables,
No verán nunca la luz del sol real ni llegarán a oídos de la gente?

El mundo es para los que nacieron para conquistarlo
No para los que sueñan que pueden conquistarlo, aunque tengan razón.

He soñado más que todas las hazañas de Napoleón.
He abrazado en mi pecho hipotético más humanidades que Cristo,
He pensado en secreto más filosofías que las escritas por ningún Kant.
Soy y seré siempre el de la buhardilla,
Aunque no viva en ella.
Seré simpre el que no nació para eso.
Seré siempre sólo el que tenía algunas cualidades,
Seré siempre el que aguardó que le abrieran la puerta frente a un muro que no tenía puerta,
El que cantó el cántico del Infinito en un gallinero,
El que oyó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? Ni en mí ni en nada.
Derrame la naturaleza su sol y su lluvia
Sobre mi ardiente cabeza y que su viento me despeine
Y después que venga lo que viniere o tiene que venir o no ha de venir.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos al mundo antes de levantarnos de la cama;
Nos despertamos y se vuelve opaco;
Salimos a la calle y se vuelve ajeno,
Es la tierra y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(Come chocolates, muchacha,
¡Come chocolates!

Mira que no hay metafísica en el mundo como los chocolates,
Mira que todas las religiones enseñan menos que la confitería.
¡Come, sucia muchacha, come!
¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y al arrancar el papel de plata, que es de estaño,
Echo por tierra todo, mi vida misma.)

Queda al menos la amargura de lo que nunca seré,
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico que mira hacia lo imposible.
Al menos me otorgo a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo,
Sin prenda, la ropa sucia que soy al tumulto del mundo
Y me quedo en casa sin camisa.

(Tú que consuelas y no existes, y por eso consuelas,
Diosa griega, estatua engendrada viva,
Patricia romana, imposible y nefasta,
Princesa de los trovadores, escotada marquesa del dieciocho,
Cocotte célebre del tiempo de nuestros abuelos,
O no sé cual moderna -no acierto bien la cual-
Sea lo que seas y la que seas, ¡si puedes inspirar, inspírame!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco,
Me invoco a mí mismo y nada aparece.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, la acera, veo los coches que pasan,
Veo los entes vivos vestidos que pasan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me parece una condena a la degradación
Y todo esto, como todo, me es ajeno.)

Viví, estudié, amé y hasta tuve fe.
Hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por ser él y no yo.

En cada uno veo el andrajo, la llaga y la mentira.
Y pienso: tal vez nunca viviste, ni estudiaste, ni amaste, ni creíste

(Porque es posible dar realidad a todo esto sin hacer nada de todo esto.)
Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que cortan el rabo
Y el rabo salta, separado del cuerpo.

Hice conmigo lo que no sabía hacer.
Y no hice lo que podía.
El disfraz que me puse no era el mío.
Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
La tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
Estaba desfigurado.
Estaba borracho, no podía entrar en mi disfraz.
Lo acosté y me quedé afuera,
Dormí en el guardarropa
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo.

Voy a escribir este cuento para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
Quién pudiera encontrarte como cosa que yo hice
Y no encontrarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente:
Pisan los pies la conciencia de estar existiendo
Como un tapete en el que tropieza un borracho
O la esterilla que se roban los gitanos y que no vale nada.

El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta y se instala contra la puerta.
Con la incomodidad del que tiene el cuello torcido,
Con la incomodidad de un alma torcida, lo veo.
El morirá y yo moriré.
El dejará su rótulo y yo dejaré mis versos.
En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos.
Después, en otro momento, morirán la calle donde estaba pintado el rótulo
Y el idioma en que fueron escritos los versos.
Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto.
En otros planetas de otros sistemas algo parecido a la gente
Continuará haciendo cosas parecidas a versos,
Parecidas a vivir bajo un rótulo de tienda,
Siempre una cosa frente a otra cosa,
Siempre una cosa tan inútil como la otra,
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el misterio de la superficie,
Siempre ésta o aquella cosa o ni una cosa ni la otra.

Un hombre entra a la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me enderezo a medias, enérgico, convencido, humano,
Y se me ocurren estos versos en que diré lo contrario.

Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la libertad de todos los pensamientos.
Fumo y sigo al humo con mi estela,
Y gozo, en un momento sensible y alerta,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es el resultado de una indisposición.
Y después de esto me reclino en mi silla
Y continúo fumando.
Seguiré fumando hasta que el destino lo quiera.

(Si me casase con la hija de la lavandera
Quizá sería feliz).
Visto esto, me levanto. Me acerco a la ventana.
El hombre sale de la Tabaquería (¿guarda el cambio el la bolsa del pantalón?),
Ah, lo conozco, es Estevez, que ignora la metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta).
Movido por un instinto adivinatorio, Estevez se vuelve y me reconoce;
Me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Estevez! y el universo
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza y el Dueño de la Tabaquería sonríe.

Ante ti

Oct 16
Por: Mario

Una ilustración más del maestro Ahumada para el libro de poemas de José Cruz.

ANTE TI
clic para ver

vía Sacatrapos

Ahumada y De los textos del alcohol ?

Jun 17
Por: Mario

Pues con alicates en mano, reabro el blog, gracias al maestro Ahumada.

Me pregunto si ahora que será reeditado el libro de poesía de José Cruz “De los textos del alcohol” –como me dijera su hermana hace un par de meses en una tocada en el bataclán– será este ilustrado por Ahumada?

La duda me viene, porque leyendo el blog sacatrapos, encuentro esta obra donde se ilustra un poema de José Cruz.

Ahumada

Control

Abr 4
Por: Mario

Para quienes no pudimos ver el documentalJoy Division” (Jerry Chater 2006) que la gira de documentales “Ambulante” presentó en el D.F. del cuál dice la sinopsis:

En 1976, cuatro jóvenes ingleses provenientes de un Manchester post-industrial en decadencia, asistieron a un concierto de los Sex Pistols y decidieron formar una banda: Joy Division. Treinta años más tarde, su poderoso y sofisticado sonido es más influyente que nunca. La cinta presenta a los miembros de la banda que todavía viven y revela el legado que Joy Division ha dejado en su camino.

Joy DivisionSe presenta ya en salas comerciales la película “Control” 2007 Anton Corbijn. Basada en un libro autobiográfico: “Touching from a Distance” de la viuda de Ian Curtis Deborah Curtis.

Y, aprovechando el ya de por sí deprimente viernes que hoy hace, qué mejor que una representativa rola de Joy division: “Atmosphere” dirigida también por el director de la película Anton Corbijn:


Y ya de una vez “Love will tear us apart” y para contextualizarnos en la película y tratar de entender la psique de Ian curtis “She lost control”(también para verlo bailar –o en opleno ataque de epilepsia, no sé — a su particular estilo):




Q.E.P.D.

Mar 25
Por: Mario

Y de repente, llega la conciencia de que es lo único seguro: la muerte.

I

¡Qué prueba de la existencialuto
habrá mayor que la suerte
de estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia!
Esta lúcida conciencia
de amar a lo nunca visto
y de esperar lo imprevisto;
este caer sin llegar
es la angustia de pensar
que puesto que muero existo.

II

Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida,
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?

X

En vano amenazas, Muerte,
cerrar la boca a mi herida
y poner fin a mi vida
con una palabra inerte.
¡Qué puedo pensar al verte,
si en mi angustia verdadera
tuve que violar la espera;
si en vista de tu tardanza
para llenar mi esperanza
no hay hora en que yo no muera!


Décima muerte y otros poemas no coleccionados, 1941 (I, II y X)
de Xavier Villaurrutia

Y la angustia por no estar desperdiciando lo único que vale la pena: vivir.

pessoa en la ventana ?

Dic 25
Por: Mario

Me parece que el personaje sentado en la taza es, claramente, Fernando Pessoa, poeta de quien escribí alguna vez un post acerca de “La Tabaquería”.

Como siempre, excelente el cartón del maestro Ahumada.

ventana de ahumada

[clic para ver el cartel completo]

nota en el diario

Sep 25
Por: Mario

Nota de hoy en el diario La Jornada:

Filósofo francés se suicidó junto con su esposa

Troyes, Francia, 24 septiembre. El filósofo francés André Gorz, uno de los fundadores del semanario Le Nouvel Observateur, se suicidió con su esposa Dorine en su domicilio de Vosnon a la edad de 84 años, informaron el lunes sus familiares.

Tras jubilarse en los años 90, Gorz se había retirado a una casa en Vosnon con su esposa, quien sufría de una grave enfermedad degenerativa.

En 1941 fue codirector de la revista Les Temps Modernes, con Jean-Paul Sarte y Simone de Beauvoir, entre otros.

Según sus allegados, fue una amiga quien descubrió el drama. Un mensaje sobre la puerta precisaba que había que avisar “a la policía”. Los cuerpos de la pareja reposaban uno al lado del otro.


De “EL INFIERNO ES UN LUGAR SOLITARIO” Charles Bukowski

Él tenía 66, su esposa 65
tenía la enfermedad de Alzheimer
él tenía cáncer en la boca
hubieron
operaciones, radiación, tratamientos
que le debilitaron, los huesos
de la quijada,
los cuales tuvieron que ser
reparados.

A diario, le ponía a su esposa
pañales desechables
como si fuera un bebé.

Incapaz de conducir
en estas condiciones,
tenía que tomar taxi
al centro médico.

Tenía dificultad para hablar,
tenía que escribir la dirección.

En su última visita
le informaron
que habría otra operación:
Un poco más
en la mejilla izquierda
y un poco más de lengua.

Cuando regresó
le cambió pañales a su esposa,
encendió la TV
miró las noticias de la tarde
y fue a la recámara,
tomó la pistola, se la colocó en la sien
y disparó
cayó a la izquierda,
él se sentó en el sofá,
puso el arma en su boca
jaló el gatillo.

Los disparos, no levantaron
a los vecinos.

Más tarde
lo hicieron
los ardientes noticieros

Alguien llegó, empujó
jaló la puerta abierta,
los vio

Pronto
la policía llegó
y siguiendo su rutina,
encontró algunas cosas:
una cuenta de ahorros
cerrada,
y una chequera
con un balance de $1.44
suicidio, ellos dedujeron.

En tres semanas
habían dos nuevos inquilinos:
Un ingeniero en computación
llamado Ross
y su esposa
Anatana
quien estudiaba
Ballet

Ellos tan sólo parecían
otra pareja progresista.

ahora son ya 21 años

Jun 13
Por: Mario

Hace un año fué una recomendación, éste será un cuento suyo.

El libro de Arena

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

-Vendo biblias -me dijo.

No sin pedantería le contesté:

-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

-Será del siglo diecinueve -observé.

-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevaba el número (digamos) 40.512 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

-No -me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hora.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

-Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

-Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número. Después, como si pensara en voz alta:

-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

-¿Usted es religioso, sin duda?

-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

-Y de Robbie Burns -corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

-¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?

-No. Se lo ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos minutos había urdido mi plan.

-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por una rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

-¡A black letter Wiclif! -murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor bibliográfico.

-Trato hecho -me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

Jorge Luis Borges

los otros días

Mar 8
Por: Mario

Sólo para locos

El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir; había trabajado un buen rato, dando vueltas a los libros viejos; había tenido dolores durante dos horas, como suele tenerlos la gente de alguna edad; había tomado unos polvos y me había alegrado de que los dolores se dejaran engañar; me había dado un baño caliente, absorbiendo el calorcillo agradable; había recibido tres veces el correo y hojeado las cartas, todas sin importancia, y los impresos, había hecho mi gimnasia respiratoria, dejando hoy por comodidad los ejercicios de meditación; había salido de paseo una hora y había visto dibujadas en el cielo bellas y delicadas muestras de preciosos cirros. Esto era muy bonito, igual que la lectura en los viejos libros y el estar tendido en el baño caliente; pero, en suma, no había sido precisamente un día encantador, no había sido un día radiante, de placer y Ventura, sino simplemente uno de estos días como tienen que ser, por lo visto, para mí desde hace mucho tiempo los corrientes y normales; días mesuradamente agradables, absolutamente llevaderos, pasables y tibios, de un señor descontento y de cierta edad; días sin dolores especiales, sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en los cuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta la cuestión de si no habrá llegado el instante de seguir el ejemplo del célebre autor de los Estudios y sufrir un accidente al afeitarse.

[…]

Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.


Hermann Hesse
El lobo estepario

ANOTACIONES DE HARRY HALLER
(pág. 25-27)

Me gustan las rubias

Ene 26
Por: Mario

I like blondes (Playboy, Enero 1956)

Desde luego, todo depende del gusto de cada cual. Supongo que debe tratarse de una debilidad mía. Mis amigos tienen sus propias opiniones al respecto. A unos les gustan las morenas, a otros, las pelirrojas. Por mi parte, no veo en ello nada reprobable.

rubiaEn cuanto a mí, yo prefiero las rubias. Altas o bajas, gordas o flacas, listas o tontas, me da lo mismo la clase, tamaño, forma y nacionalidad. Desde luego, hay quien les pone muchos reparos; que si su piel se aja más de prisa, que si tienen un carácter raro, que si son veleidosas, materialistas, presumidas. Nada de eso me preocupa, aunque sea cierto. Me gustan las rubias por sus especiales cualidades. Y no soy yo el único que las prefiere. A Marilyn Monroe no le faltaron admiradores. Ni a Kim Novak.

Dejemos esto. Después de todo, no pienso pedir disculpas. Lo que yo hago es asunto mío. Y si aquella noche, a las ocho, decidí apostarme en la esquina de Reed y Temple para conquistar a una rubia no tengo que dar explicaciones a nadie.

Quizás estaba demasiado bien vestido. Quizás hubiera sido mejor no guiñar el ojo. Pero también esto es cuestión de opiniones, ¿no?

Yo tengo las mías. Y otros tendrán las suyas. Y si la muchacha alta peinada a lo paje me miró con desprecio murmurando: «Viejo asqueroso», opino que allá ella. Estoy acostumbrado a estas reacciones y no me incomodan lo más mínimo.

Pasaron por mi lado dos jovencitas muy ricas vestidas con tejanos. Ambas tenían el cabello como el trigo de Minnesota. Sin duda eran hermanas. Pero no podían ser para mí. Demasiado jóvenes. Este detalle suele traer complicaciones, y a mí no me gustan las complicaciones.

Era una cálida y hermosa noche de finales de primavera. Se veía pasear a muchas parejas. Sobre todo, me llamó la atención una rubia recuerdo que iba acompañada de un marinero y recuerdo también que sus pantorrillas me parecieron las más deliciosas que viera en mi vida. Pero la acompañaba un marinero. Luego vi a una con un niño y a otra con un grupo de oficinistas que habían ido a la ciudad a divertirse y a otra a la que casi le dirigí la palabra, pero en el último instante apareció el novio que estaba aparcando el coche.

¡Oh, les aseguro que era para desesperarse! Todo el mundo parecía tener una rubia menos yo. A veces esta situación ha durado semanas enteras; pero estas cosas las tomo con filosofía.

Miré el reloj. Eran sobre las nueve. Entonces decidí ponerne en camino. Yo podía ser un «viejo asqueroso», pero conocía el paño. En todas partes puede haber rubias.

En aquel momento, sabía que el lugar más propicio para encontrar alguna era el «Dreamway». Desde luego, no es más que un triste salón de baile; pero no existe ninguna ley contra ello.

No había ley que me prohibiera entrar y echar una ojeada desde la puerta antes de comprar los «tickets». No había ley que me prohibiera mirar y escoger.

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Soy Leyenda

Ene 25
Por: arturo

Quisiera continuar con Richard Christian Matheson y su novela “Soy leyenda”. He leído varias sinopsis del libro y la verdad, decepcionan, solamente se remiten a comentar que es la historia de un hombre solo, en un mundo lleno de vampiros y cosas por el estilo.

soy leyenda

El libro fue escrito en 1954, en esos años hubo una especie de boom de la ciencia ficción en literatura, cine y la naciente tv. Tal vez por eso se vea a la novela como una más sobre el tema del vampirismo,pero, en mi opinión y por lo cuál me encantó la novela fue cómo Matheson abordó el tema de la soledad y la crueldad humana.

Soledad… ¿a cuantos les aterra quedarse solos por completo?, muchas personas no podrían tan siquiera imaginarse en esa situación, y si a eso le añadimos el ingrediente del acoso constante de los vampiros, pues resulta en un evento desesperante. Pero sobre todo nos hace reflexionar sobre la verdadera naturaleza del hombre, es decir, su irremediable naturaleza sociable y totalmente destructiva, para consigo mismo. El verdadero terror lo sentimos cuando nos damos cuenta de la cruenta lucha de las especies por sobrevivir en un mundo ya de por sí, devastado. En fin… es uno de mis libros favoritos, y sobre todo es uno de esos libros que conservan su vigencia a pesar de haberse escrito hace ya 52 años.

Pero mejor leanlo, y opinen sobre él en este espacio.

Y antes que la ciencia hubiera destriudo la leyenda, la leyenda había destruido a la ciencia y todo lo demás.

Ene 24
Por: arturo

soy leyendaEs muy gratificante que Mario me haya invitado a participar en su Blog, de hecho debí de haberle dado mi participación desde hace mucho, pero en fin… aquí esta y que mejor que con esta rareza de la literatura de ciencia ficción. Revisando unos viejos papeles en mi casa, me encontré con una Placa Literaria del Cine Club Ciencias, y cual fue mi sorpresa, es un cuento -poema escrito por Richard Christian Matheson, el mismo que escribió la novela “Soy Leyenda” y que además ha hecho varios guiones para cine y programas de TV (como La dimensión desconocida).

VAMPIRO*

Hombre
Tarde. Lluvia.
Carretera.
Hombre.
Búsqueda. Hambre. Enfermo.
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*Richard Christian Matheson, “Vampiro” en: Horror 4. Lomejor del terror contemporáneo, Roca, México, 1989.pág. 175-178, (Gran Super Terror).