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Archive for junio, 2007

Señoras y señores: The kinks.

Jun 27
Por: Mario

mucho trabajo, ojeras como de vampiro, las retinas quemadas por el monitor, el cuello duele de estar sentado. Se sufre, pero se goza.

Que mejor que una buena rola para días como estos…

you really got me

ñoños, pero que buena lira…
y saludos al buen arturo.

arte “aca”

Jun 22
Por: Mario

No imagino como es que pueda un curador hacer que artículos como pedazos de cinta canela usada para secuestrar a alguien o al cobija en la que algún cadaver fué envuelto o una camisa llena de sangre de algún decapitado se vean museográficamente bien.

La artista Rosa María Robles, originaria de Culiacán, montó la exposición buscando impactar al visitante y hacerlo reflexionar sobre la ola violenta que vive el Estado. Robles aclaró que no todas las prendas son originales y que las que sí lo son las consiguió con personas serias, pero no dio nombres.

Crear conciencia… La “artista” dijo:

“Son cobijas auténticas que fueron traídas con mucho respeto, son de personas que fueron asesinadas y encobijadas recientemente en Sinaloa, no puedo mencionar quién me las dio, pero es ahí donde el visitante entra en shock, es lo que se quiere provocar para que no les sea indiferente la violencia”, explicó. El recorrido a la exhibición empieza por una singular “alfombra roja”.

“Nuestra alfombra roja de Sinaloa es ésta (cobijas o cobertores), la fuerza de la muerte anónima es un simbolismo tremendo, salen cobijas cada mes que demuestran venganza, poder”

Quién le va a explicar a personas que no saben bien ni como se llaman, capaces de hacer lo que esos artículos representan y de matar a alguien por 20 pesos, la complejidad, la profundidad y esa filosofía tan complicada y producto de un razonamiento verdaderamente más allá que tiene “La artista” Rosa María Robles, que no es un tributo a su brutalidad (a la de todos nosotros como sociedad) ???

Y quién va a explicar a los familiares de quienes usaron esas camisas y fueron envueltos en esos cobertores que fueron llevados al museo con “mucho, mucho, pero mucho respeto” ?

Y muchos, seguro, serán capaces de ir a verlos y admirarlos… total la tele ya no da como para que uno se sorprenda por algo… ni por la sangre de alguien más ni por nada.

vía sacatrapos

de nuevo Penteo

Jun 19
Por: Mario

3 cosas desde Lo Sacro y lo Profano:

1. Una notificacion que uno de sus “invisibles, escasos y a veces melancólicos visitantes” espera se logre, para poder continuar leyendo sus historias: Buenas intenciones.

2. Un excelente relato: Closer.

3. Lo que hace que sea tan bueno lo que se escribe en ese blog, sin membargo a la vez me hará pensar un par de veces antes de poner un comenatario en él: Un admirador.

lo sacro y lo profano

las tardes con lluvia, las mañanas grises

Jun 15
Por: Mario

5 gatos en el patio. Hoy amaneció nublado, tal vez no del calor, pero del sol sí la libramos. Yo no puedo beber cerveza. En la noche toca el Mastuerzo. Hace una semana tocó Armando Rosas. Ojalá y que pasen algo bueno en la Tv.

Hablando de gatos y de Armando Rosas y de que “los gatos y los puentes nos prefieren tristes, las tardes con lluvia, las mañanas grises”.

Este viernes, Los gatos no creen en Ángeles:

epílogo: pinches gatos…

Periodismo

Jun 14
Por: Mario

Cartón de Palomo, hoy en El Universal.

Periodismo
carton palomo

ahora son ya 21 años

Jun 13
Por: Mario

Hace un año fué una recomendación, éste será un cuento suyo.

El libro de Arena

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.

-Vendo biblias -me dijo.

No sin pedantería le contesté:

-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:

-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.

Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.

-Será del siglo diecinueve -observé.

-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.

Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevaba el número (digamos) 40.512 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.

Fue entonces que el desconocido me dijo:

-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?

-No -me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hora.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

-Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

-Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número. Después, como si pensara en voz alta:

-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

-¿Usted es religioso, sin duda?

-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.

-Y de Robbie Burns -corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:

-¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?

-No. Se lo ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos minutos había urdido mi plan.

-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por una rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.

-¡A black letter Wiclif! -murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor bibliográfico.

-Trato hecho -me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una Noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.

Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

Jorge Luis Borges

La llamaban: La Bandida

Jun 13
Por: Mario

Interesante nota hoy en la Jornada.

Conocida sobre todo por su habilidad empresarial para regentear, en los años 40 y 50, una lujosa casa de citas donde sobraban cocaína y mariguana, frecuentada por políticos, militares, líderes sindicales, empresarios, escritores, músicos, artistas de cine y teatro, figuras del toreo, júniors y uno que otro curioso, Graciela Olmos, apodada La Bandida, fue también una inspirada compositora, contrabandista de whisky en Chicago y soldadera en el ejército de Pancho Villa, cuya terquedad en Celaya le costó la vida, entre otros miles, a su esposo, el general Francisco Hernández, El Bandido. Defendida por políticos y defensora de su personal, Graciela fue llevada a la cárcel “por faltas a la moral” en varias ocasiones y otras tantas liberada para proseguir su singular misión como proveedora de placeres caros.

Armando Rosas: Rhythm And Pango

Jun 8
Por: Mario

Para quien pueda ir. Excelente músico, con sus 6 letras.

Rhythm & pango, o hupanblues

cartel

“Inicialmente pensé en hacer algunas variaciones de la obra de Silvestre Revueltas, pero, como siempre, no hay lana, no se podían pagar los derechos; por eso me plantee lo que a mí me gusta, lo que es mexicano. Fue el huapango, que fui relacionando con otra cosa que también me gusta, que es el blues. Así nació el rhythm & pango. Todavía no tenía nombre, como que surgió la obra. Premiaron la música del documental.

“Analicé qué es lo que había pasado con la obra y saqué las características del rhythm & pango, o hupanblues. En el cd colaboran Omar Guerrero, en el violín; Carina Cortés, en el violín dos; Judith Reyes, en la viola; Rodrigo Duarte, en el violonchelo; Ismael Sánchez, en el clarinete, y Patricia Piñón, en las percusiones, entre otros. Este es el equipo con el que también grabé la música para la película El Violín”,

decía a La Jornada

Y, aprovechando que es viernes, va esta rolita.
ponganle play :

José Cruz en la UACM

Jun 7
Por: Mario

Es lamentable que las cosas sucedieran así .

Rumores. En la página del grupo, hablan en contra de José Cruz, quien a su vez parece haberse deslindado ya de ellos. Ahora se presenta como “José Cruz”. Que si hay que evitar el sabotaje de parte de los “Ex integrantes de Real” a la presentación del viernes, que si josé intentó sabotear la mesa redonda en Casa Talavera, en fin. Lamentable. Sin más.

cartel Jose Cruz

blues y luz José.